lunes 20 de febrero de 2012

Siete de la mañana

El pasado. Dejaba sus ojos abiertos a las preguntas.
Se imaginaba explicaciones al acariciar los vellos del pecho. Una a una se replicaban y maduraban, asediando hasta los pensamientos más mecánicos.

El pasado era una corroboración de que las respuestas aparecían cuando nadie las necesitaba.

Su sexo aún se encendía al rozar la incertidumbre.

domingo 19 de febrero de 2012

Fraternidad

Despertó un poco más tarde de lo habitual; eran las once de la mañana y aún quedaba algo de tristeza por la noche anterior. Nueve horas, pensó, y ocurrían las mismas cosas, como si despertar no cambiara el escenario o los actores. No, las personas de siempre, produciendo exactamente la misma pena, cada día, de manera distinta pero como si atacaran por primera vez.

Hubiera seguido durmiendo. Quizá es en los sueños donde la gente se reencuentra y necesita.

Habría querido ser ese sueño, algo sencillo, hoy, un rato, un momento.

sábado 19 de noviembre de 2011

Foco

Era casi de madrugada y su cuerpo reposaba entre medio de las sábanas. Se contentaba con escuchar discos viejos de algunas interpretaciones para piano. Sus ojos miraban fijamente el techo...

Quería decirle que había encontrado cosas felices allá afuera por estos días...

domingo 13 de noviembre de 2011

Falacia

¿De qué servía habitar el faro si los barcos no sabían de tu existencia, si tú no los conocías en lo más mínimo? No te diste cuenta de que los barcos no habían pensado siquiera navegar cerca de tus aguas.

Sólo te queda nadar mar adentro y sumergirte en la oscuridad del mundo, con sus contradicciones, con sus faros destruidos por hombres como tú, igualmente desdichados, pero aún con una ligera esperanza, como algo que recobra lentamente la vida y te recuerda que por algo siguen existiendo barcos, que por algo anhelas nadar a pesar de que puedes morir congelado si lo haces.

sábado 12 de noviembre de 2011

Progreso

Quería caminar a la velocidad de los niños, cuando no van de la mano y dan pasos torpes o no van en línea recta; cuando no saben que hacia adelante está lo desconocido, cosas invisibles, de las cuales no es necesario preocuparse...

El frío le recordaba aún esa vida borrosa, bloqueada por el cansancio. Pero era tarde; alguien había decidido tomarlo de la mano y conducirlo en la dirección de la racionalidad, esa que no acepta bifurcaciones o arrebatos de asombro.

Había que estar contento. Había ganado.

domingo 6 de noviembre de 2011

Domingo

Cerrar los ojos era lo más sensato. Imaginaba que las personas eran como esas chispas que se mueven constantemente, que aparecen de la nada y se disuelven abriendo los ojos. Los abría y meditaba sobre el placer de estar acostado y dejar que las horas pasaran. Sus movimientos no obedecían ninguna velocidad específica, así como la habitación y los objetos que la conformaban. La ropa podría haber estado tirada meses; los papeles, la basura, él...

Quería descansar para no sentirse más agobiado de la gente. Pero aquella tarde los demás dejaron de preocuparle, o al menos dejó de presionarse por las preocupaciones que ellos mismos se causaban; algo que él mismo se reprocharía todas las noches en medio de su refugio.

Esa tarde habría preferido dormir todo el día, pero las preocupaciones jamás lo habrían abandonado tal como él esperaba, aunque por dentro no fuera eso el problema.

lunes 3 de octubre de 2011

Absurdo

Las sensaciones podían alargarse más de la cuenta y convertirse en alucinaciones mientras navegaba mar adentro. Cuando los ojos se nublaban por centrarse en el interior, cuando el espacio se hacía borroso, podía percibirse sutilmente en su mirada esa tensión muscular asociada a la tristeza, cuyos pliegues resplandecían por el sol, delimitando sombras de piel muerta o ajena, tan ajena como su cuerpo. Lo que parecía ser un día feliz era desdicha, silencio, de ese torturador, que intenta gritar desesperadamente que la realidad no era como habíamos soñado. Es que había demasiada luz, demasiada vida sin cabida, que sobraba, que debía ser exterminada...

De nuevo el amor, y otro escenario idealmente feliz. ¿Cuántas imágenes más había en su cabeza y que no le pertenecían? Recuerdos de una victoria en los sentidos, en todos los lugares, frente a cualquier mal. ¿Qué era, pues, sino una quimera mental, creada en lo más profundo de sus deseos?
Lo falso era lo que nos rodeaba, lo único verdadero que teníamos, más verdadero que las ideas, más humano que los hombres. No podía dejar de pensar en el mundo, en ese globo de colores con engendros de agua, devorando la tierra. Y no sabía qué hacer: si seguir la ruta infinita del océano hasta llegar a alguna parte, si regresar a tierra y tocarla, palparla nuevamente, cálida, eterna...

Pero sin embargo esas alucinaciones, esas putas alucinaciones... Esas terribles alucinaciones...

lunes 5 de septiembre de 2011

Autótrofo

Una historia común, como le gustaba llamar lo que era hasta ahora su cuerpo. Una historia compuesta de océano y encuentros fortuitos entre él y los navegantes desinteresados que escribían una línea más de la trama, accidentalmente. Se encontraba solo y con mucho sueño, con asco de su cuerpo mutilado suavemente durante las noches, cosa de sentir el mínimo dolor posible. Le gustaba introducir en su boca sus fluidos como si fuera el único alimento vital para poder existir. Le producía placer combinar la sangre con el semen anónimo que su pene liberaba al exterior, como si trascender para él consistiera en cumplir alguna orden suprema de los fluidos, evocada de sus entrañas. Era de noche (siempre era de noche) cuando caminó hacia la playa y continuó el infinito ciclo de la mierda, venciendo las contradicciones del mundo: comiéndose a sí mismo, bebiendo su sangre y su semen con la boca llena de desechos; negándose a toda posibilidad de reproducción, de alianza con los demás hombres. Tragándose en la oscuridad la mierda que representaba su historia, tan imperfecta como la de cualquier otro ser que se da cuenta, en último momento, que sus objetivos no existen o son inútiles; tan humano como un cuerpo frío que camina por la playa y grita silenciosamente hacia algo o alguien que no sabe qué es, con la esperanza de seguir hallando excusas que lo aten de este lado del universo.

Las horas transcurrieron deprisa y los sabores en su boca comenzaron a perderse. Sabía que debajo de sus reacciones caóticas existía un orden que, aunque débil, regía aún sus planes dentro del faro. Su memoria había completado la vuelta; había regresado de nuevo en el tiempo, algunos días en el pasado. Sus pies reposaban sobre la alfombra, sus manos y brazos recuperaban el color rojo en medio del llanto.

Había llegado la hora de seguir alimentándose, antes de que arribara la tripulación y notase algo extraño.

Su historia debía mantenerse eterna.


Sonrió: había terminado la primera revolución de su vida.

domingo 17 de julio de 2011

Vacaciones

Parecía una fantasía ambigua, como la que tienen los niños acerca del viejo del saco o aquellos seres portentosos que traían la felicidad mientras durmiéramos y no los viéramos nunca. Pensaba en lo inevitable, en cuán difícil resultaba mostrarse tal cual era, tal cual como en el espejo del baño, con su pipa de marihuana en la mano y la otra mano tocando sus genitales. Sus pies sangraban; había caminado demasiado, pero la sangre que brotaba de sus dedos no le hacía gracia, no le importaba. Había tanto por hacer, por él, para los demás, fuera de lo que leyese y se prometiera, fuera de las obligaciones autoimpuestas. Quería caminar por la playa, sentir que el viento le limpiaba la mierda, creer que un viento frío podía liberarlo de la crueldad y estupidez del mundo, de todos los problemas que aquejan a las personas. Y sí, la droga surtió efecto; le hizo creer todo lo que era posible; lo limpió con la ayuda del sol y el viento, como un padre y una madre cuidándolo, queriéndolo, a él, tan desnudo como si hubiese nacido de las olas. Y se preguntó cosas y pensó qué era su sueño comparado con el sueño de los demás, en cómo su sueño atravesaba el cielo gris mientras hacía el amor con el sol y las rocas lo penetraban como estacas calientes en las tripas.

Luego de la puesta de sol regresó a su habitación y durmió hasta que el hambre lo despertó con la boca seca y la cabeza aturdida. Caminó hacia el espejo, prendió la pipa nuevamente y siguió fumando. Quiso llorar pero prefirió silbar, hasta que cayó de cansancio al suelo.

Durmió imaginando que al día siguiente hallaría todas las respuestas debajo de la almohada.

martes 3 de mayo de 2011

Barrera

Con la misma música de cuando había comenzado la historia. Exactamente las campanitas y los silbidos vaporosos de su primer encuentro con el faro. Cuánto habría dado por destruirlo y que los barcos dejaran de moverse siempre, buscando la luz de la que él fuera responsable. Tener que ser como un padre para ellos, para que no muriesen, para dejar que lo saludaran de vez en cuando y recordar los viejos tiempos, las anécdotas que lo entristecieran no por las historias en sí, sino porque escuchar una voz ajena a la suya, narrándolas, lo convencían de que su vida seguía transcurriendo. Sí, no había sabido nada desde hacía muchos años, y su cara tan desgastada, tan alienada por no encontrar a nadie junto a él. Cerró los ojos y sonrió irónicamente cuando se dio cuenta de que había envejecido y no había hecho nada interesante, salvo divagar en silencio y llorar cuando el sol le daba de lleno en la cara en esos días impredecibles de mayo. Se encontró recostado a los pies del faro, cansado de contemplar el mar sin visitantes, mientras un vino regular que le había regalado un extranjero hace algunas semanas hacía efecto en su cabeza.

Conocía el frío perfectamente. Sabía cómo iba adentrándose en sus pantalones, por cuáles surcos lo hería más despacio, más fuerte... En cuáles regiones de su cuerpo era alguien acariciándolo, en dónde lo torturaban con quemaduras insoportables. El frío lo comprendía, lo acompañaba; en resumen, era su amigo en aquella isla muerta y anacrónica. Se dio cuenta del patetismo de la escena: un hombre solo, mediocre, medio muerto, medio desencantado, liderando un faro administrativo, mecánico. Un autómata conduciendo máquinas, produciendo más autómatas, que manejan más máquinas, y así... Un universo de chatarra caliente, que cada cierto tiempo genera autómatas solitarios y disconformes en su condición de máquina, que podrían ser otra cosa aparte de máquina y no saben entonces qué podrían ser. Seres que cuando despiertan se dan cuenta de que han envejecido de golpe y es demasiado tarde para intentar transformar la chatarra en otra cosa.

Se durmió pensando en las historias que había recordado junto a los navegantes. Las campanas y los silbidos resonando en su cabeza. Cruzándose las campanas... y los silbidos. Campanas que se transforman en la soledad de sus silbidos cuando el frío se recrudece.

Como transformar su chatarra...


Pero... ¿en qué?